La última respuesta de Irán a los ataques estadounidenses dejó al descubierto uno de los principales riesgos de la estrategia militar de Washington en Oriente Medio: su extensa red de instalaciones repartidas por distintos países también multiplica los lugares que Teherán puede convertir en objetivos. La nueva ronda de hostilidades ya no se limita al territorio iraní ni al estrecho de Ormuz.
Tras los bombardeos estadounidenses contra radares, defensas aéreas, instalaciones marítimas y posiciones de la Guardia Revolucionaria, Irán afirmó haber atacado objetivos relacionados con EE.UU. en Irak, Jordania, Kuwait y Baréin. Washington no confirmó las bajas que Teherán aseguró haber causado y sus primeras evaluaciones no registraban militares estadounidenses muertos.
Estados Unidos mantiene decenas de miles de efectivos y numerosas instalaciones militares en Oriente Medio. Esa presencia le permite proyectar fuerza rápidamente sobre Irán, proteger rutas comerciales y respaldar a sus aliados, pero también obliga a defender simultáneamente bases, aeródromos, centros logísticos y posiciones distribuidas por varios países.
Para Teherán, esa dispersión ofrece una forma de responder sin limitarse a atacar directamente territorio estadounidense. Las milicias aliadas, los misiles y los drones iraníes pueden amenazar instalaciones situadas en países que mantienen relaciones militares con Washington, trasladando parte del costo de una confrontación directa a gobiernos regionales.

La escalada también coloca a Irak, Jordania, Kuwait y Baréin ante una situación complicada. Una instalación estadounidense dentro de sus fronteras puede convertirlos en escenarios de una guerra en la que sus gobiernos intentan evitar una participación directa. Cada nueva ronda de ataques aumenta además el riesgo de errores de cálculo, daños civiles o respuestas políticas internas contra la presencia militar extranjera.
Washington conserva una ventaja convencional considerable y los últimos ataques demostraron su capacidad para golpear infraestructura militar iraní. Sin embargo, Irán mantiene suficientes herramientas para extender territorialmente el conflicto y elevar sus costos, incluso sin responder con una ofensiva equivalente dentro de Estados Unidos.

El nuevo desafío para Washington no consiste únicamente en degradar las capacidades militares de Irán, sino en impedir que Teherán transforme la presencia estadounidense en Oriente Medio en una red de objetivos dispersos. Si los ataques contra instalaciones regionales continúan, los países que alojan fuerzas estadounidenses podrían terminar enfrentando una presión política y de seguridad cada vez mayor para reducir su exposición a la guerra.