La presión de China sobre Irán para que contribuya a contener a los hutíes tiene una dimensión que excede la relación entre Pekín, Teherán y Riad. Arabia Saudita recurrió al Gobierno chino después de los rápidos avances de las fuerzas hutíes sobre la costa yemení del mar Rojo y en torno a Bab el-Mandeb, uno de los pasos marítimos más sensibles para el comercio y la energía. Reuters informó que Pekín trasladó en privado sus preocupaciones a las autoridades iraníes.
El detalle menos visible está al otro lado del estrecho. China mantiene en Djibouti su primera base permanente de apoyo militar en el extranjero, inaugurada en 2017 y situada a unos 110 kilómetros de Bab el-Mandeb. Pekín la presenta como una instalación destinada a tareas logísticas, escoltas marítimas, operaciones antipiratería y misiones humanitarias, pero su ubicación la coloca frente a una de las rutas que ahora vuelve a deteriorarse.
La base no es una infraestructura testimonial. El 11 de agosto, apenas un mes antes de la nueva escalada regional, el buque hospital de la Armada china Auspicious Ark realizó allí una parada técnica para reponer suministros y atender al personal de la instalación y a miembros de la 48ª fuerza naval china de escolta. Esa actividad muestra que Djibouti continúa funcionando como nodo logístico de las operaciones navales de Pekín en la zona.
La propia diplomacia china endureció parcialmente el lenguaje esta semana. El 14 de septiembre, el Ministerio de Exteriores calificó de inaceptables los ataques contra infraestructura civil vinculada con los medios de vida y reclamó una desescalada mediante vías políticas y diplomáticas. Tres días después surgió la información sobre la gestión privada ante Teherán. Hasta ahora, sin embargo, Pekín continúa privilegiando la presión diplomática y no ha anunciado una intervención militar en la crisis.

La vulnerabilidad aumenta porque la tensión ya afecta las dos grandes salidas energéticas de la región. China absorbió más del 80% de las exportaciones marítimas de petróleo iraní durante 2025, mientras aproximadamente la mitad de sus importaciones de crudo procede de Medio Oriente. Al mismo tiempo, el comercio entre China y los países del Consejo de Cooperación del Golfo ronda los US$300.000 millones anuales.

Ese entramado cambia la lectura de la gestión china ante Irán. Djibouti convierte el mar Rojo en un escenario donde Pekín no solo tiene intereses comerciales, sino infraestructura militar propia y fuerzas navales operando regularmente. La incógnita no es todavía si China entrará en el conflicto, algo para lo que no hay evidencia, sino hasta dónde puede preservar la doctrina de contención diplomática si la inseguridad sigue acercándose a Bab el-Mandeb.