El jueves pasado, Sergio Uñac recibió en San Juan a Máximo Kirchner y a una delegación que difícilmente pueda confundirse con una visita protocolar. Juliana Di Tullio, Paula Penacca, Sergio Berni, Víctor Santa María y José Glinski, entre otros dirigentes identificados con Cristina Kirchner, acompañaron al jefe de La Cámpora en una jornada que combinó recorridas por productores, reuniones partidarias y una discusión sobre cómo debería organizarse el peronismo rumbo a 2027.
Uñac ya dijo que quiere ser candidato a presidente. Máximo, por su parte, llegó a San Juan repitiendo que la candidata del cristinismo es Cristina. Hasta ahí podría parecer que ambos proyectos compiten. Sin embargo, dejó una frase que abrió otra lectura: “Nuestra candidata es Cristina, pero eso no quita que un sanjuanino quiera caminar el país”. La presencia de buena parte del dispositivo cristinista terminó de alimentar una pregunta inevitable dentro del PJ: ¿por qué Cristina decidió acercarse ahora a Uñac?
El exgobernador de San Juan viene construyendo su candidatura con un perfil diferente al de los nombres que dominaron el peronismo durante los últimos años. Busca hablar desde las economías regionales, reivindica una mirada federal y pretende presentarse como un dirigente con experiencia de gestión capaz de conversar con sectores que no se identifican con el kirchnerismo.

La visita de Máximo le dio una fotografía nacional que hasta ahora le faltaba. También expuso sus límites. Los gobernadores peronistas que habían sido mencionados alrededor del encuentro finalmente no participaron y hubo ausencias importantes dentro del propio justicialismo sanjuanino. La reunión sirvió para instalar a Uñac en una conversación presidencial, aunque todavía está lejos de demostrar que pueda reunir detrás suyo a una porción significativa del partido.
Precisamente por eso el gesto del cristinismo resulta interesante. Uñac necesita volumen nacional y Cristina necesita conservar capacidad de ordenar una discusión que empieza a tener cada vez más candidatos y menos certezas.
La posición pública de La Cámpora sigue siendo inequívoca. Máximo sostuvo en San Juan que Cristina es la persona más preparada para competir en 2027 y volvió a cuestionar la inhabilitación que hoy le impide presentarse. La expresidenta llevó su caso ante el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas y su estrategia política continúa construida alrededor de la posibilidad de recuperar el derecho a competir.
Esa posibilidad depende de decisiones que el peronismo no controla. La condena en la causa Vialidad mantiene vigente la inhabilitación y nadie puede asegurar hoy que Cristina vaya a estar en una boleta el año próximo. Para el kirchnerismo, sostener su candidatura y al mismo tiempo mantener abiertos vínculos con otros presidenciables no resulta necesariamente contradictorio.
Uñac puede ser una de esas relaciones. Máximo fue cuidadoso en San Juan: reivindicó el derecho del exgobernador a recorrer el país, pero cuando le preguntaron directamente por su candidatura respondió que la opción de su sector sigue siendo Cristina. Hubo un reconocimiento, no una bendición.
El otro nombre que sobrevuela esos movimientos es Axel Kicillof. El gobernador bonaerense hace tiempo dejó de comportarse como un dirigente limitado a la provincia y empezó a construir el Movimiento Derecho al Futuro fuera de Buenos Aires. Esta semana inauguraron una nueva sede del espacio en Guaymallén, Mendoza, y Kicillof envió un mensaje con una definición difícil de separar de su proyecto nacional: “El problema que tiene el país es nacional, no va a tener una solución provincial”.

También hay dirigentes trabajando para el MDF en San Juan. Mientras Máximo recorría la provincia junto a Uñac, el espacio de Kicillof ya intentaba construir allí su propia estructura. La competencia entre ambos sectores dejó de ser exclusivamente bonaerense y empieza a trasladarse al interior.
Kicillof tiene una ventaja evidente: aparece hoy como uno de los dirigentes opositores con mayor instalación nacional y el propio Gobierno contribuye a colocarlo en ese lugar cada vez que lo elige como antagonista. Su dificultad está en transformar esa visibilidad en una organización que exceda Buenos Aires y pueda convivir con gobernadores, intendentes y sectores del PJ que no quieren quedar subordinados a una candidatura decidida desde La Plata.
La aparición de Uñac introduce otra pieza en ese tablero. No porque hoy amenace electoralmente a Kicillof, sino porque ofrece al cristinismo un interlocutor con territorio, experiencia ejecutiva y aspiraciones propias.
Toda esta discusión ocurre mientras nadie sabe todavía cómo elegirá candidatos el peronismo. El Gobierno negocia la suspensión de las PASO y dentro del PJ crece la preocupación por el mecanismo que podría reemplazarlas. Máximo defendió las primarias durante su visita a San Juan y admitió que, si desaparecen, habrá que encontrar otra herramienta para permitir la competencia.
Sin PASO, el peso de quienes lleguen a la mesa de negociación será todavía mayor. Cristina, Kicillof, Massa, los gobernadores y los distintos sectores territoriales deberán acordar un candidato o diseñar una interna propia. En ese escenario, acumular dirigentes y alternativas también significa acumular poder para la discusión final.
Por eso conviene no apresurarse a convertir la visita a San Juan en la presentación de un candidato de Cristina. No lo fue. Máximo dijo exactamente lo contrario cuando sostuvo que su candidata sigue siendo su madre. Pero tampoco fue una fotografía inocente: llevó a dirigentes centrales del cristinismo a acompañar a un hombre que ya anunció que quiere disputar la Presidencia y legitimó públicamente su derecho a recorrer el país.
Uñac salió de la semana un poco más presidenciable que como entró. Kicillof recibió otra señal de que el cristinismo no piensa entregarle anticipadamente la conducción de la sucesión. Y Cristina, aun sin saber si podrá competir, volvió a demostrar que pretende seguir sentada en el centro de la mesa donde el peronismo termine resolviendo quién lo hará.