Después del éxito que tuvo el regreso de Mortal Kombat la segunda oportunidad para Street Fighter en el cine estaba al caer. La película original de 1994 no estaba entre los recuerdos felices de los amantes del videojuego y hacía falta que hubiera una adaptación nueva, que se aprovechara de los recursos con los que hoy cuenta el mundo del cine.
Dirigida por Kitao Sakurai, está protagonizada por Noah Centineo como Ken Masters y Andrew Koji como Ryu. Ellos son dos hermanos del corazón entrenados por el mismo maestro, Gouken (Don Lee), que figura como una suerte de norte para estas dos figuras que lo recuerdan y lo homenajean de diferentes maneras.

Es que, una tragedia es la que los separa y los comienzos de Street Fighter nos sitúan en un presente en el que tanto Ken como Ryu están distanciados y casi que se desprecian. Pero, claro, las vueltas de la vida y la reaparición de un nuevo torneo mundial de pelea, organizado por Bison (David Dastmalchian) los reencontrará. Pero, ¿qué tal está la nueva adaptación del videojuego de Capcom distribuida por Paramount?
La película abre con un flashback en animé que nos cuenta qué fue lo que pasó entre Ryu y Ken Masters. Esta técnica de animación se va a replicar a lo largo de las casi dos horas que dura la película, para contarnos secuencias del pasado de los distintos personajes del videojuego de Capcom. Y con momentos que funcionan mejor que otros, será lo más destacable de esta producción.
También funcionan bien los guiños a las distintas versiones del videojuego, como una réplica de la intro del Street Fighter II o los distintos poderes y gritos característicos de personajes como Dhalsim, Chun-Li o Balrog. Por supuesto, no todos se verán igual de bien porque no es lo mismo animar un poder como el “hadoken” a una secuencia de golpes de mano como los de E. Honda.
Por lo demás, la adaptación de Street Fighter deja mucho que desear.

Hay un problema general de estructura que se arrastra en toda la película y se hace inevitable señalar: nunca termina de decidir qué tipo de película es. El tono de Street Fighter va de lo solemne del animé a la autoparodia, y pasa por situaciones de exposición demasiado explícita así como también de reiteración de su trama (por ejemplo, con Chun-Li y su pasado que lo muestran animado y también lo cuentan en una escena diferente).
Es totalmente irregular en su construcción lo que hace que sea difícil conectar. Al no definirse totalmente como una película más paródica (como podría decirse de Amos del Universo que, valga la aclaración, tampoco nos pareció una gran película) ni como una historia de acción más tradicional que por momentos remite al viejo cine de los 90, queda en un limbo que la vuelve muy floja. Ni hablar del humor que presenta, con algunos chistes que bordean la homofobia y otros tantos que directamente son malos.

Tampoco funciona del todo la animación en todo momento y más se destaca cuando el contraste se da con el animé de los flashbacks. Pero, eso sí, si tenemos que poner el grito en el cielo respecto al apartado del CGI, ahí es donde entra el Blanka de Jason Momoa: no solo lo hacen excesivamente grande (casi como un Hulk) sino que además tiene demasiados problemas de animación que se evidencian principalmente en la cara del personaje y que se resuelven con planos cerrados y oscuros que tapan los baches de su diseño.
Dicho todo esto, el balance de Street Fighter no es positivo. Especialmente en un mundo en el que venimos de tener una secuela de Mortal Kombat muy interesante (sin necesidad de ser solemne o excesivamente expositiva), que así sea el regreso del clásico de Capcom es una lástima.