Las elecciones de medio término del 3 de noviembre de 2026 cambiaron el equilibrio político de Estados Unidos. Las proyecciones adjudicaron al Partido Demócrata el control de la Cámara de Representantes y del Senado, mientras todavía quedaban distritos pendientes de cómputo y certificación. Para Donald Trump, que hizo de la campaña una evaluación de su presidencia y pidió votar como si estuviera en la boleta, el resultado implica afrontar los dos últimos años de mandato sin mayorías legislativas propias.
El avance opositor alcanzó estados habitualmente favorables a los republicanos. En Texas, los recuentos preliminares de la Secretaría de Estado mostraron a James Talarico por delante de Ken Paxton en la elección al Senado y a Gina Hinojosa sobre Greg Abbott por la gobernación. Los sondeos poselectorales identificaron entre las preocupaciones de los votantes el costo de vida, la guerra con Irán y la gestión de Trump, sin que un único factor explique cada derrota.
El vuelco tiene consecuencias concretas en Washington. La Cámara de Representantes podrá organizar investigaciones, citar funcionarios y decidir qué proyectos somete a votación; el Senado controla, entre otras competencias, la confirmación de altos cargos y jueces federales. Aunque los demócratas sumen ambas mayorías, no podrán convertir cualquier propuesta en ley sin negociar con Trump: para superar un veto presidencial necesitan dos tercios en cada cámara, conforme al procedimiento legislativo federal.
La derrota tiene además una dimensión política que supera las fronteras estadounidenses. El respaldo de Trump fue una credencial utilizada por candidatos republicanos y una referencia para dirigentes extranjeros que construyeron vínculos estrechos con su gobierno. Pero una elección legislativa estadounidense no determina el desempeño electoral de aliados en otros países, con agendas y sistemas distintos. La comparación entre Trump y Javier Milei permite identificar semejanzas en la relación con el Congreso sin equiparar sus contextos.

Una oposición fortalecida tampoco equivale a un presidente sin capacidad de acción. Trump conserva el veto, la conducción del Ejecutivo y herramientas administrativas que puede utilizar dentro de los límites fijados por las leyes y los tribunales. La nueva correlación de fuerzas podría inducir negociaciones sobre presupuestos y designaciones, o incentivar más decretos y disputas judiciales. Ninguna de esas respuestas está asegurada por el escrutinio, que todavía requiere distinguir proyecciones de certificaciones oficiales.

La siguiente etapa tendrá dos calendarios diferentes. Primero deberán concluir los recuentos y la certificación estatal, un proceso que la Comisión de Asistencia Electoral separa expresamente de las proyecciones difundidas durante la noche electoral. Después, el 3 de enero de 2027, comenzará el nuevo Congreso y se conocerá la dinámica efectiva entre las mayorías demócratas y la Casa Blanca. El alcance del cambio se medirá en presupuestos, nombramientos, investigaciones y acuerdos, no solamente en la magnitud de la derrota republicana.