Un desencuentro y una despedida

El hijo acompaña al padre hasta la puerta.
El lugar tiene parque y hay una piletita haciendo juego.
Las enfermas tienen el pelo recogido y
hacen cara de Mc Donalds desde la puerta.
Una escalera caracol de salón de fiesta de 15
y una fuente de agua disimulan la soledad.

Lo que va a pasar no es justo.

El hijo saca la tarjeta y paga todo el año.
El padre se muda de la cabecera de la mesa a una
cama de pino con esas frazaditas de mierda
que también dan en los micros de larga distancia.

«Acá vas a estar bien, papá».
«Si, seguro que si».
La que contesta es la enfermera.

El viejo piensa en la vida que perdió
y el hijo siente que se le hace tarde.

Se despiden hablando cosas que jamás
van a pasar. Uno sabe que si mira
se quiebra y el otro tiene
la dignidad de no molestar.

El padre piensa que ser viejo es que te bañen
a manguerazos en el patio de atrás mientras
te dicen que ya termina.  Y piensa bien.

El hijo se creerá menos culpable por el sobre extra
que dejará todos los meses para que a
su padre le peinen dos veces al día.

Buscará respuestas simples a preguntas repetidas.

¿Como está el viejo?
Bien, bien, esta muy feliz.
¿Como se porta el viejo?
Bien, bien, está muy contento.

No hay tiempo para otra respuesta.  Tampoco alma.

Ser viejo es un pecado que el mundo
comete abajo del sol,
mientras sufren en la puerta del banco
haciendo la cola para que lo llamen por número de DNI
o en una reposera esperando la visita de
alguien que recuerde lo mismo que el.

El padre amaneció con fiebre.
El enfermero que le cambiaba los pañales
lo contagio de algo que no tiene cura.

El parque, la piletita y la fuente de agua
no tienen síntomas.

El hijo no lo va a volver a ver.
Ni siquiera para enterrarlo.